Sin selfie no cuenta

Publicado el Por admin
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Hemos notado que desde hace un par de años o tal vez ya sea un lustro, que en las fotos que nos vamos tomando en los paseos, viajes, experiencias nuevas como restaurantes, parques o inclusive museos, las tomamos, o al menos yo las hago así, pensando en preservar en una memoria física el instante, en ese momento las cosas nos hicieron desear hacer un disparo del obturador y que de alguna menta eso que veíamos se guarde y nos sirva para recordar pedacitos de nuestra vida. Antes cuando había rollos fotográficos uno medía la cantidad de disparos que hacia en cualquier situación, bueno y previo a eso, pues para preservar una imagen de un momento y lugar determinado había que hacer una pintura o grabado o al menos un dibujo… Pero desde hace alrededor de diez años la foto digital ha permitido o mas bien provocado el disparo indiscriminado ante cualquier cosa que nos llame la atención. 

Viajamos para conocer. ¿No? Bueno a veces por trabajo otras por placer y otras para escapar… Y para conocer nos obligamos a poner atención y recordar y el recuerdo es a la memoria lo que el té a la tetera… Sin embargo no he dejado de ver en todos los turistas que se ha dejado de mirar el instante con los ojos puros y se ha intervenido la trayectoria de la mirada con una pantalla digital. Se le interpone al instante un dispositivo que obliga a quien toma la foto a no mirar más allá de lo que alcancen sus brazos estirados… La posibilidad que los teléfonos móviles de ahora y la inconmensurable cantidad de cámaras digitales de todas las calidades provocan En mi algo que se me ocurre llamar como la «experiencia virtual» estabas ahí, pero en realidad no viste lo que estaba frente a ti. Posiblemente tampoco lo escuchaste y mucho menos lo sentiste. Así las cosas… Las calles de Japón en estos días se llenan de turistas con sus cámaras de fotos al frente provocando un nuevo paisaje. Miles de disparos por segundo todos de lo mismo y todos a la nada. 

Pero ¿a qué viene todo esto? Ah pues ayer visté Osaka (大阪 ), llegué como a las 10:00 y ya estaba cansado. Muy cansado. Supongo se va acumulando de todos los días. Comencé a caminar por una plaza subterránea que está saliendo del metro… Deben ser una cuatro o cinco cuadras debajo de los edificios, conectadas entre sí por todos los túneles y llenas de tiendas de todo tipo. Claro, era domingo y estaba como el 75% cerrado. Además de que he notado que aquí en Japón muchísimos locales abren después de las 11 o 12 del día. Supongo que se debe al clima y el uso horario o a algo que preguntaré y tal me comprenda. 

Anduve caminando unos cuarenta y cinco minutos buscando un lugar que renta bicis, cuando por fin llegué estaba cerrado. Lloré. Jajaja no literalmente pero sí me enojé mucho. Estaba fastidiado de caminar. El calor ya andaba cerca de los 30° y no había sombrita para sentarme a beber agua y descansar, además de que el internet que contraté no funcionaba y se desconectaba inmediatamente y no podía buscar otros lugares de renta de bicis y como todo estaba cerrado pues tampoco había a quien tratar de preguntar. Encontré un rinconcito con sombra fresca de una tienda de flores, que aunque estaba cerrada, le daba a esa calle un poco de vida. Ah por cierto, en todas las calles y avenidas hay muchas plantas… Los japoneses han logrado un lindo balance con lo verde y el concreto. No es que parezca rural, al contrario está todo ultra urbanizado, pero en ese manglar de acero y concreto hay espacios verdes que atraviesan la ciudad en todas direcciones. Como insurgentes y Reforma. Pues ahí estaba sentado descansando un poco y asumiendo que lo que en realidad me estaba pasando ya era un catarro. Tanto calor y aires acondicionados me van a matar… Porque sobreviví a la ampolla. Me le vanté y caminé de regreso hasta donde vi un Lawsons (como oxxo) y ahí por fin tuve internet. Busque nuevamente lugares para rentar bicis y encontré el grupo de hostales j-Hoppers. Fui para allá y caminé como 10 cuadras más. Finalmente llegué, me tentaron la bici por ¥700 (unos $100 pesos) y en cuanto me subí y comencé a pedalear la sonrisa de mi cara se empezó a formar. Cada pedaleada hacia que la brisa me refrescara y me daban ganas de pedalear más y más. De pronto ese sonido celestial que se produce cuando paso frente a una tienda de bicicletas… Obviamente me detuve y entré… La pura felicidad. Luego al salir pensé que parte de mi mal humor era porque no había comido nada en tres horas y mi desayuno había sido un pan delicioso con frijoles de dúos dulce y café. Hambre. Así que me metí en el primer restaurante que vi. Pedí algo. Ahí nadie hablaba inglés así que iba a ser todo mucho más sorprendente. Me dieron un gran razón con fideos, almejas y chulada de puerco. Oishii おいしい(delicioso) pedalee y llegué al museo de historia de Osaka. Entré y aunque muchas cosas están en japonés, coreano e inglés, muchas no. O bien sólo el título en J e I pero no la descripción. Así que simplemente me puse a ver y a sentir lo que se pudiera de cada pieza historia sobre Osaka. Es interesante que ayer mencionaba que todo es al revés aquí en Japón, entre esas cosas están los sentidos para recorrer el museo. En este caso son diez pisos y primero vas al décimo y ahí comienza tu recorrido de derecha a izquierda… Así se sugiere. Cuando terminé el museo me fui a visitar el gran castillo de Osaka. Increíble lugar, aunque demasiados turistas. D E M A S I A D O S

Total, ahí fue donde surgió este asunto de las fotos y las autofotos (selfies), todo mundo tomándose fotos con el castillo de fondo. Como jugando(esa es mi interpretación) a decir, miren donde ando, miren la casa que me acabo de comprar. Estoy aquí y sí soy yo. La selfie tiene ese asunto de que compromete el lugar con el visitante. O al lugar con el visitante. Para que no quede duda de la foto es mía, tengo que aparecer como parte de la composición y claro, adoptar alguna pose medio ridícula y click. Así va uno recorriendo los nuevos lugares… Y pensaba que cuando saco la cámara es porque eso que estoy viendo me gustaría vol ver a verlo. Pero solamente será verlo y no podré escuchar sus ruidos, percibir los aromas que el viento al estamparse contra mi cara me traían. Será sonó una imagen en la computadora y evocaré todo eso que sentí cuando iba pedaleando hacia arriba en el puente del puerto de Osaka y el sudor me escurría por la cara pero no podía dejar de sonreír… Esa es la felicidad carajo!

Posdata 

Decidí no llenar de fotos esta publicación como un acto de autocontrol y como manifestación a favor del texto sin dibujitos. 

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