Saliendo con lluvia y pedalear y volar

Publicado el Por admin
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Siete de la noche. Salgo, salen, salimos de trabajar y empieza a llover… No se cae el cielo pero todo se moja y se moja bien. Las luces de la ciudad comienzan a encenderse. El pavimento brilla por partes. Rojo, amarillo, blanco son los colores que desprende el asfalto. Los charcos se inquietan y persiguen casi siempre la llanta delantera de mi bici, la misma que suena y suena acompañada de la cadena y el pedalear. Avanzo despacio, no me quiero salpicar, no quiero que me salpiquen los charcos cuando me ven pasar… Los demás ahí van, otros vienen. Entre tantos vehículos que se ponen en filas y filas a esperar yo avanzo. Ratoneo leve, despacio. No me quiero salpicar. Algunos volantean.  Tratan de escapar. Yo cuidado, freno, cambio velocidad. Subo piñones, dejo de pedalear y avanzo. Despacio. No me quiero salpicar. 

Llego a esa esquina de siempre. Semáforo pasmado. Preocupación de los coches que se alborotan por cruzar. Ser los primeros. Entiendo. Los conductores llevan en las manos un volante con ansiedad. Ellos también ya quieren llegar. Pero se estancan. Se aturden. No pueden avanzar. Yo paso entre ellos y ellas. Sonrío porque siempre que pedaleo se me pone una sonrisa grande e inevitable. Desde adentro de sus coches me miran. Piensan que me la debo estar pasando mal porque afuera llovizna fresca, noche inquieta, charcos, topes y semáforo se juntan. La gente no deja pasar, esa esquina, olor a gasolina. Yo, sonrisa en los labios los miro y avanzo, despacio. Ratoneando entre carros que miran desconcertados que yo no dejo de avanzar… Los dejo atrás. Semáforo descompuesto. Cruzo la calle. Mirando izquierda, frente, derecha, abajo, arriba, atrás. Cambio piñones. Subo velocidad. Charco y tope pasando. Camión detenido; fila roja de inmovilidad. Intensas luces rojas iluminan mi suave rodar. 

Voy a quince , tal vez más. Si aumento, el viento comienza a salpicar. Las gotitas se cuelan en mis lentes. De alguna manera encuentran la forma de ponerse entre mis ojos y la mica. Se ve diferente. La ciudad se transforma de nuevo. Brillante y audaz se pone un vestido de lentejuelas nocturnas. Luciérnagas falsas, eléctricas… Lluvia de sal. El sonido de esta parte de la ciudad. Se transforma. Suena distinto con lluvia y bici. Es otro ruido, otros acordes, melodías alternas, gritos cotidianos, motores fatigados, crujidos y defensas partidas… Silbatos y bocinas que sin organizarse dan este concierto de la soledad. 

Pedaleo un rato. Media hora quizá. Llego a casa, sonriendo abro el zaguán. Se acaba este día. La bici escurriendo. La bici sonaba al rodar, y girando sus llantas, jalando cadena, empujando el pedal… La bici sirve también para volar.  

  

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