No existe el camino equivocado, solo rutas más largas.

Publicado el Por admin
0 0
Read Time:8 Minute, 15 Second

Temprano, la mañana del 24 de agosto, un café, un cereal (avena) después de ver el amanecer y mucho ánimo me pusieron a pensar en el siguiente trayecto. Alforjas llenas, piernas listas y toda la emoción de iniciar el verdadero proyecto ciclo turista. Trasladarme de una ciudad a otra, por mí mismo, bicicleta preparada con todo lo necesario para alcanzar una ciudad a más de cien kilómetros por caminos completamente desconocidos. 

Tomé todas las precauciones que se me ocurrieron, batería del cel bien cargada, baterías extras, cámara preparada, tripié, selfie stick, agua, alimentos… 

Primero mi anfitriona Anne-Lisa Bauer me llevó a dar una vuelta por el centro de Frankfurt, me explicó algunas cosas de un par de sitios históricos y del proceso de reconstrucción des pues de la guerra. El río Meno, la catedral, la antigua iglesia de San Paul. El puente con candados… Luego fuimos a una tienda especializada en artículos deportivos para hiking, campismo, kayak, y esas cosas geniales…. Compré una tienda de campaña. 

Regresamos al departamento, agarré mis cosas y salí a pedalear. Destino: Heidelberg. Peso total en las alforjas: 17kg; peso de la bici 14kg, total 31kg o más por la comida y el agua que esas no las había considerado… Uff 

Salir de la ciudad fue un poco latoso porque hay que dar vueltas pues las calles son curvas. No rectas. Llegué al aeropuerto y lo rodeé hasta llegar al punto que mi gps marcaba que tenía que dar vuelta… Pero ¡NO había donde dar vuelta!, mas que metiéndome en un sendero… y así lo hice y ahí descubrí el verdadero cicloturismo… O mejor dicho el espíritu de explorador del cicloturismo.

Pedaleaba cauteloso por el sendero de terracería, hasta que vi a otros ciclistas por ahí. Uno o dos con alforjas, los demás sin equipaje, solo pedaleaban como ejercitándose o paseando. Hasta que dejó de haber gente. 

Así siguió el camino por unas dos horas. Crucé todo un bosque maravillado por todo, los rayos de sol que atravesaban las ramas; las cortezas, el crujir de la grava, las hojas secas, el aroma, la soledad, la libertad que me llegaba a oleadas con cada inhalación del aire. Los pulmones me reventaban del placer de estar ahí. Estuve atónito sin poder dejar de pedalear. En línea recta siempre hacia el suroeste. Llegué a una carretera, mi sentido común me indicaba que si venía por ciclovía debía seguir por una, pero no encontraba la continuidad… Así que rondé no sé, unos 30 o 59 metros en cada dirección y revisando el celular, vi por fin la siguiente entrada. Esto sucedió varias veces durante el recorrido. De no ser por los mapas de mi celular posiblemente hubiera estado perdido muchas más horas y no hubiera llegado a mi objetivo. 

Atravesé campos de cultivo de maíz, lechuga, jitomate, y más cosas… Fui entre la siembra y riachuelos, a veces al lado de una autopista, entré y salí de pequeños poblados. A veces la gente me miraba pasar, y me imagino que pensaban «ahí va otro con su bici» claro, que en alemán debe sonar más cool. Yo no me detenía por nada salvo cuando alguna intersección me hacía dudar y tenía que ver el mapa nuevamente. O sea, cada media hora… O un poco menos. Le voy a sumar a esta aventura el hecho de que salí de la casa de Bauer a las 13:20 y el cálculo de 100km que yo tenía en mente era de unas tres o cuatro horas, pensé que el camino sería pavimentado y no con tanta terracería, más recto que curvo, plano y directo… Pero justamente el ir por las vías de bicicleta, que a pesar de ser rutas «libres» incluso los caminos están marcados para bici, con letreros blancos y letras verdes y una bici. Así, en estas rutas uno puede tomar distintos rumbos. En verdad es viable cruzar el país de norte a sur y de este a oeste en bicicleta. Por pueblos y ciudades, bosques, rodear Lagos, incluso subir montañas y seguir la luz del sol. Pensé mal en el tiempo y cada vez aunque ya estaba más cerca, el sol estaba descendiendo y mi principal preocupación era no saber exactamente cuánto me faltaba para llegar a Heidelberg. Al rededor de las 5 de la tarde pasé por un puente que cruzaba un río no muy grande, de unos seis u ocho metros de ancho, había gente nadando, el calor era aún bastante y las ganas de nadar ahí crecieran con cada pedaleada… Pero no me detuve, el tiempo se hacía chiquito y sin luz de día, no me daban ganas de pedalear entre las milpas alemanas. Le dí un último vistazo al río y bajé las manos a los drops del manubrio (posición aerodinámica) y aproveché la bajadita del puente para acelerar y ganar una buena velocidad. 

Salí de entre los sembradíos y llegué a un poblado. Ya eran más de las 7 de la noche. Mi plan había sido llegar una hora antes a mi destino y ahí me faltaban aún diecinueve kilómetros… Haciendo cuentas, era una hora más de pedaleo, sin perderme, sin parar, sin contratiempos… En una gasolinera me detuve, compré una cerveza de 99 centavos y comí un poco de lo que había comprado en un supermercado en otro tramo de la carretera… Ah que por cierto eso no lo había contado, pero será después. 

La luz del sol estaba por extinguirse por esta jornada y aún faltaban unos 16km, actualicé el mapa en la gasolinera y pude poner la dirección correcta de Ietza. Las piernas ya estaban cansadas pero aún podía meterle fuerza y levantar unos 24km/h en las buenas rectas y sostener esa velocidad hasta que un cruce u otro ciclista me hiciera bajar la velocidad. A este ritmo llego en cuarenta minutos, pensaba. De pronto un bajó… Cansancio resentido y una pesadez en las piernas y en los brazos me obligaron a detener el pedaleo… Bajo una luminaria estacioné la bici, saqué el pan blanco y la mermelada y me chingué tres sanduichitos bien atascados de dulce. Agua. Descansa y espera decía mis piernas, los hombros cansados se solidarizaban con la causa. El corazón latía por la emoción de estar donde estaba, de ir a donde iba y de enviarle toda la sangre posible a todo aquel que la necesitara para mover esos casi cien kilos que era yo. La mente solo presionaba para que siguiéremos y la noche no nos cayera encima, aunque ya sabía que en la noche podría seguir avanzando confiando en que todas las calles de Alemania tienen un pavimento parecido y sin baches ni hoyos el peligro se reduce mucho a la sorpresa y la mala suerte. Cuando terminó el malestar y me sentí repuesto, tal vez unos quince o veinte minutos después, acomodé todo y continué con el pedaleo. Se sentía muy bien. El aire ahora estaba tan fresco y ligero que sentía que pedalear iba a seiendo más fácil. 

Llegué a Heidelberg y con la emoción y velocidad que iba no me detuve a tomar la foto… Continué en línea recta hasta que alcancé el río Neckar doblé a la izquierda y seguí por la orilla… Sólo faltaban cuatro kilómetros, «nada, ya no es nada» pensé… Puse de nuevo los pies, brazos, manos, cuello y espalda en la posición más eficiente y cómoda para pedalear y aprovechar lo más posible mi inercia, el viento soplaba en contra, refresca pero frena como la chingada. Tenía los ojos llenos de imágenes de todo el día, ya llevaba más de cien kilómetros con todo el peso del mundo… La ciclovía del lado izquierdo, doble y compartida era mi aliada… Estaba casi vacía y pude avanzar hasta llegar al último entronque. Viré de nuevo a la derecha y ahí estaba el último desafío, nadie me dijo que el último kilómetro tenía que ascender unos 100m desde el nivel del río hasta la casa… Pedaleé hasta que no pude más, la bici se balanceaba, ya no podía estar de pie y pedaleando porque la pendiente de más del 20% también serpenteaba, oscura y silente… Solo se escuchaba el arrastre de la cadena y de súbito se sentía que la llanta delantera dejaba de hacer contacto con el pavimento… Demasiado peso al frente, trataba de compensar pero ya eran demasiadas acciones al mismo tiempo. La respiración a todo lo que daba, sudor escurriendo por la cara como si una manguera fuera abierta sobre mi. Me detuve. Desenclipé, bajé los pies y mantuve el precario equilibrio hasta que pude desmontar. Me sequé lo que pude del sudor de la cara, pero mi maillot estaba tan mojado que más bien solo me mojaba más… Comencé el último ascenso caminando… No había nada que hacer. Las zapatillas chocaban contra el piso y era lo único que se escuchaba en la calle. Luces apagadas, las casas en silencio y mi clac clac y tictic tic de la maza trasera eran el único motivo sonoro. Terminó lo más pesado, volví a montar la bici y trepé los últimos treinta metros; cuando comenzó una tenue bajada y vi que ya estaba en la calle correcta y el sentido de los números también, bajé la velocidad y comencé a buscar el número 45 de la calle Am Schlierbachhang. Vi una ventana con luz y dentro la silueta de una mujer, busqué el número y ahí estaba, por fin llegué, bañado en una euforia indescriptible… Por fin estaba aquí, ahí, en todas partes… Llegué a mi destino… Ella me esperaba desde hacía horas. Solo pude contactarla desde la gasolinería, 22km atrás. Y ahora por fin aquí estoy. Me di un baño, bebí agua como loco, cenamos y charlamos… No he podido dejar de sonreír.

No existen caminos equivocados, simplemente rutas más largas para llegar y ser feliz. 

Happy
Happy
0 %
Sad
Sad
0 %
Excited
Excited
0 %
Sleppy
Sleppy
0 %
Angry
Angry
0 %
Surprise
Surprise
0 %

Average Rating

5 Star
0%
4 Star
0%
3 Star
0%
2 Star
0%
1 Star
0%

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *