El castillo de Heidelberg y la universidad

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Después de la tremenda pedaleada desde Frankfurt hasta Heidelberg, sudar sin límite, llegar sano y salvo a casa de mii querida amiga, dormí plácidamente en un sofá que me preparó. En la mañana un rico desayuno con huevos, jitomates y albahaca cosechadas en casa, sí, aquí en su casa también siembran y cosechan muchas cosas y además tienen gallinas y conejos que de vez en cuando se comen. Obvio los huevos de las gallinas sirven para alimentar a las ocho personas que viven en esa casa. En cuanto llegué a la primera que conocí fue a Divya que estaba en la cocina y desde ahí me vio llegar y dio aviso de mi nocturno arribo. Luego salió Ietza y mientras yo me bajaba de la bici y me iba quitando todo lo que me acaloraba a la vez que saludaba y recuperaba el aliento de esa última subida del 20% y alforjas llenas. Esa noche conversamos un poco sobre los planes, cómo había sido mi rodada entre los sembradíos, senderos, bosque y calor Alemán. Cenamos espagueti con queso azul, jitomate y albahaca.

Miércoles, desperté temprano… Creo, ya no me acuerdo. Siete treinta u ocho. No tan temprano. El desayuno, la charla y preparar un almuerzo para ir al castillo de Heidelberg. Para Ietza también sería su primera visita al interior, además de su primera salida en bici hacia allá. De hecho me comentó que no usaba la bici y siempre utiliza el tram, bus y tren. Yo dije que era un buen momento para empezar y creo que mi influencia fue bien recibida. Salimos pedaleando de la colina y bajamos el primer kilómetro con mucha precaución. Luego pedaleamos a la orilla del río Neckar hasta llegar a una de las avenidas principales. Viramos a la izquierda y entramos a pie por la calle Haptstraße que es como la Calle de Madero en el centro. Una avenida meramente peatonal, nada de coches y llena de tiendas, algunos restaurantes, cafés y más tiendas de ropa y accesorios. Llegamos a la catedral y luego de entrar un poner mi cara de asombro por lo enorme y bella que es la construcción, decidimos ir al castillo. Comenzamos a subir las escaleras después de amarrar las bicis en la plaza. Recorrimos los jardines, las áreas abiertas, tomamos fotos con mi selfiestick y discutimos la razón de ser de esa extensión del brazo. Me dan ganas. De escribir un artículo exclusivamente sobre la selfie y el selfiestick como catalizador de la fuerza del narcisismo. Pero bueno, eso probablemente suceda después.

Habiendo paseado por los exteriores creímos que ya era hora de entrar. No sabíamos que había que pagar el tour guiado para entrar a las salas y áreas cerradas, así que solo pagamos el acceso sencillo, a los interiores de la muralla principal, pero no s las casas y habitaciones de dentro. En fin, igual pasamos y vimos un par de barriles gigantes de vino. Nos explicaron que el vino que se almacenaba ahí dentro era como una forma de recaudación de impuestos pues muchos de los peones y campesinos, artesanos y demás trabajadores de la región no tenían oro para pagar, pero como la región es rica en viñedos pues pagaban con vino… Por lo tanto en ese barril se recibían las recaudaciones de impuestos… Obviamente al no tener estándares de la producción del vino, cada productor tenía sus propias técnicas y los tipos de vino se mezclaban en el barrilote. Doscientos mil litros de vino le cabían. Pero en realidad no se lo tomaban… Era como veneno me imagino… Además aunque le cabían todos esos miles de litros, no significa que estuviera lleno siempre, o que lo estuvo alguna vez.

Salimos de esa parte del castillo, fuimos al muro sur y vimos desde ahí un rato la ciudad y hasta otra ciudad vecina. Meinheim. Caminamos otras vueltas por el interior del castillo y cuándo fue más a la entrada de las habitaciones nos percatamos que para pasar necesitábamos un guía. 🙁 ni modo.

Salimos, fuimos por las bicis, pasamos al súper y compramos cerveza. Nos fuimos a la casa y empujamos las bicis el último kilómetro pues esa subida en verdad está criminal.

Un lindo día donde entre otras cosas, alguien se aventuró a salir en la bici por las calles y reconoció que estaba genial hacerlo. Espero que en verdad se vaya animando poco a poco a salir en bici… Recuerdo que un momento determinante fue cuando constató que salir de la casa y pedalear hasta el puente Altbrücke. Era más rápido que ir en tren o bus.

Chance se anime a usar más la bici, porque además todos sus amigos la cuestionan del porqué no la utiliza. Si la usa me pondrá muy contento.

Al bajar del castillo pasamos a comer a la cafetería central de la universidad y por 4€ de comida, que es según lo que te sirvas te la pesan y eso te cobran, y una cerveza… Venden cerveza en la universidad 🙂

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